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07 junio 2011

Transición

La eterna y típica carretera a Villahermosa con la familia. Yo hasta atrás de la camioneta, medio dormida a mis ocho años. El radio sin música, pura gente hablando y qué aburrido, mis papás escuchan con atención. En eso, de pronto entre paisajes muy diferentes al DF, mi mamá empieza a gritar emocionada, no entiendo lo primero, después escucho: ¡Es un hecho histórico! ¡Están viviendo algo histórico! ¿No están contentos?

Resulta que ganó Fox, y yo en la carretera sonrío con mi familia, sin entender que el reinado del PRI acabó, y pensando en ese hombre simpaticón, de bigote y botas, que México, (más infantilmente que yo en la carretera) creía que era la salvación a problemas que yo no entendía.

Todos sonríen y regreso a dormir, es lo bueno del asiento de atrás.

12 abril 2010

Maltrata

A Marco Caldara se le ponchó una llanta en la carretera Puebla-Córdoba justo en el tramo de las Cumbres de Maltrata. Ese día la neblina era espesa y algodonosa y Marco no alcanzaba a ver más allá de cinco metros. En una velocidad sumamente lenta buscó un acotamiento pero no encontró ninguno, así que decidió orillarse lo más posible y prender las intermitentes de su coche. Cuando salió para cambiar el neumático desinflado lo sorprendió el gélido abrazo de la neblina, no llevaba nada para cubrirse del frío pues se dirigía a Coatzacoalcos, así que se abrazó a si mismo hasta que tuvo que estirar un brazo para abrir la cajuela y más tarde el otro para sacar el gato y la llanta de repuesto que estaban debajo de las maletas. Con miedo de los otros coches sobre la carretera de puras curvas, cubierta de niebla dejó el gato y la llanta y fue a prender sus faros con las luces altas aunque fueran las 10 de la mañana.

Había salido muy temprano, iba a Coatzacoalcos a la pedida de mano de su prometida Renata Suárez solo, pues no tenía hermanos, su padre italiano ya había muerto y su mamá llegaría en avión pues por sus problemas de rodilla no podía estar tanto tiempo sentada. Rebeca llevaba ya una semana en su ciudad natal, quería pasar tiempo con su familia antes de la boda que se celebraría en un mes.

Marco tomó el gato pero lo dejó caer pues éste se había enfriado especialmente rápido en el corto tiempo que llevaba fuera de la cajuela y lo había sorprendido enormemente. Se frotó las manos y lo volvió a agarrar, tenía miedo de cambiar la llanta ya que había orillado el coche al carril de baja velocidad pero la llanta ponchada era la izquierda de atrás. Se armó de valor pues tenía prisa y se agachó bien pegadito al coche para accionar el gato, tenía los dedos entumidos y estaba nervioso, era raro que no hubiera pasado ningún otro coche. Por fin el automóvil estaba lo suficientemente bien sostenido para poder sacar el neumático penetrado por un clavo. Sacó la vieja llanta con sus manos que estaban sucias y frías, la aventó de mala gana dentro de la cajuela. En eso pasó un coche rápido que dejó como único rastro el sonido del claxon que se apagó lentamente. Marco respiró asustado, segundos antes lo habrían atropellado.

Conoció a Renata cuando estudiaron juntos la maestría, nunca se había enamorado antes pero los ojos negros y la piel apiñonada de Renata lo habían conquistado. Habían sido novios ya por cinco años y para Marco el paso lógico era casarse, así que un día le comentó la idea a Renata, ella siempre había sido escéptica en cuanto al matrimonio pero Marco la convenció y decidieron casarse tan sólo tres meses más tarde.

Aunque estaba asustado, Marco se dio cuenta que no tenía otra opción más que aventurarse y colocar la llanta de refacción, pues el frío le calaba los huesos y ningún coche lo vería con el tiempo suficiente de pararse y darle aventón. Además traía maletas y no podía dejar su auto abandonado a media carretera. Abrió su celular para ver si había señal, no había. Respiró profundamente el helado aire y avanzó unos pasos para poner la nueva llanta y seguir con su camino. Se tardó un poco en ajustarla, sintió que el frío y la neblina empezaban a afectar su salud, estaba exhausto, helado y entumido, pero por fin lo había logrado. Quitó el gato que parecía estar hecho de de hielo y lo guardó en su cajuela. Dio un respiro de alivio y se encaminó hacia la puerta del conductor cuando un trailer se estampó contra él y lo mató.

07 abril 2010

San Gabriel Árcangel (Cuento navidad 2008)


Dicen que la noche de Navidad es la más larga del año, pero yo nunca lo creí. Larguísimas noches había pasado yo trabajando en la cafetería o atendiendo a los chillidos de los niños. Eternas noches en el camión de San Gabriel Arcángel a la central del Norte. Interminables noches cuidando de mi esposo enfermo. ¿Por qué me afirmaban que la única noche dónde realmente disfrutaba, era la más larga del año cuándo a mí tan sólo me parecían unos minutos?


El camión plateado traqueteaba en el árido camino a San Gabriel, llevaba más de cinco horas ahí, viendo el gris asiento con manchitas color vino, ocre y amarillo. Cada vez que el autobús saltaba éstas se movían de mi vista y yo rebotaba de tal manera que sentía que mi columna se rompía. Tope, bache, hoyo, subida, bajada, piedra. Parecía que el camión no podía estar estable. Era la única pasajera que quedaba, pero aún faltaban dos horas para arribar a mi destino. Otro movimiento brusco, un paquete volando. Los ojos empezaban a cerrarse, mi cuerpo a dormirse, por fin cómoda. Un enfrenón que me aventaba al asiento de adelante, a aquél de las manchas ocres, vino y amarillo. El motor rugía debajo de mí. Curva, tronco, terracería, empedrada, freno, más baches, ruido, insomnio.

Llegué al pueblo muerto de San Gabriel a las cinco de la mañana, sin haber logrado dormir siquiera un poco. La iglesia abandonada estaba frente a mí, mis bultos en las manos, el humo y el polvo que levantaba el autobús en mis ojos y boca. De nuevo regresaba a este pueblo que no tenía nada ya que ofrecerme, en el que todas las casas conocía, todas las calles había recorrido, todos los puntos había pisado. Regresaba por capricho, como todos los demás que continuamente seguían regresando a este olvidado lugar.

Mi papá seguía viviendo en la casa grande, con mi hermana cuidando de él y de la parte utilizada de aquella enorme casa. Como era natural, ya la gente no me reconocía, y nadie vino a recogerme a la plaza donde llegaba el camión. Caminé tres cuadras entre las polvorosas calles hasta llegar al umbral de la casa.

En la capital vivía con mi esposo Federico y mis hijos, Carla y Julián, que nunca habían venido a San Gabriel. Federico alguna vez conoció a mi papá, yo creo que la única vez que él vino a la ciudad, el día de mi boda. Federico siempre quiso venir a mi pueblo, pero desde hacía varios años el doctor le había prohibido viajar en autobús y más en un camino como el que traía a San Gabriel. Carla nunca había querido venir, menos todavía cuando le contaba mis historias de largas y desesperantes horas en el camión, pero al contrario, Julián siempre había querido conocer a su abuelo, cada vez me lo decía más, ahora constantemente, incluso lo puso en su carta de navidad. Nunca quise que mis hijos conocieran San Gabriel Arcángel porque se quedarían atados al igual que yo, así que decidí tratar de hacer lo imposible y sacar a mi papá de San Gabriel para pasar la Navidad con nosotros.

Nada cambiaba en el pueblo, la casa seguía igual a cómo lo había conocido de niña, la puerta de roble sonaba igual al abrirla, la misma campana para avisar tu llegada, las mismas plantas creciendo a las orillas de la casa. Mi hermana me recibió como era costumbre. Tácitamente sus hermanos entendíamos que ella quería dejar el pueblo desde hace mucho tiempo pero la culpa de dejar solo a papá no la dejaba. Llegué con papá, persona de pocas palabras y seco como el desierto que rodeaba el pueblo. Comimos juntos, platicamos las mismas conversaciones que ya habíamos sostenido varias veces, “todos estamos bien” “la economía va mal” “la comida esta deliciosa”. Después el tomó su siesta mientras Remedios y yo íbamos a comprar el pan dulce y la leche para la cena.

Remedios siempre preguntaba por mis hijos y por nuestros sobrinos, por la vida en la ciudad, seguramente para acabar con la monotonía de su vida. Yo a veces la envidiaba, su vida era más sencilla, sólo cuidar de papá, el cual la adoraba por no haberlo abandonado como el resto de sus hijos. No tenía clientes malhumorados, ni porque pasar mañanas haciendo cuentas de las ganancias del café en la noche anterior, no tenía que ganarse la vida, al vivir con papá ya la tenía predispuesta.

En la cena tenía planeado decirles mi plan para Navidad, pero temía la reacción de mi progenitor. Él nunca había escuchado las súplicas de Joaquín para visitarlo, los ruegos de Mercedes para que conociera a sus nietos, los llantos de Rita para que se fuera de viaje con ella, los arrebatos de Álvaro por no interesarse en su vida. ¿Por qué entonces, me escucharía a mí? Sólo había salido en cinco ocasiones del pueblo. Tenía 11 nietos y no conocía a ninguno. Fue espontáneo, fue inesperado. –Quiero que vengas a pasar Navidad con nosotros. Con todos tus hijos. Quiero que vengas a México. –dije decidida.
-No.
-Por favor, Julián te quiere conocer
-No y no habrá discusión.
-No es motivo para discutir solo quiero que vengas dos días con nosotros a pasar las fiestas para que tú y Remedios no estén solos en esas fechas.
-No estaré solo, Remedios es suficiente compañía
-Pero papá ¡por favor! No seas necio, ¡no hay punto en quedarte aquí!
-Prometí alguna vez que no abandonaría mi pueblo como el resto de la gente, ya lo hice cinco veces y te aseguro que no volverá a suceder
-¿Qué no te das cuenta que vives en un pueblo de fantasmas?, ¡ya ni tus amigos viven aquí!
-No me convertiré en otro de esos fantasmas. No. No me pidas más, porque mi respuesta será la misma.

La discusión se prolongó por horas sin ninguna intervención de Remedios y efectivamente la respuesta de mi padre no cambió. Me rendí y a la mañana siguiente me encontraba de nuevo en el camión plateado; primero iba sola, después se fue llenando en las otras paradas. Traté de acurrucarme y de dormir. No pude. No podía dejar de pensar en las palabras de mi padre. “Qué ustedes hallan abandonado su hogar no significa que yo lo haré” “que quede claro que ustedes me dejaron a mí, no al contrario”. No quería pensar en eso, empecé a contar las manchas del asiento de enfrente. 6 color ocre, 7 amarillas, 4 vino. Las observé y las analicé, vi que entre unas de estas se salía el relleno del polvoso asiento. Relleno de color amarillo. Segundos más tarde me volvía a encontrar pensando en mi padre. En lo qué le diría a Julián. En la decepción de mis hermanos. Ellos sabían que no lo pude convencer.

Cuando llegué a la Central del Norte a medio día, venía ya decidida. Si no iba a venir a su familia su familia iría a él. Llamé a todos mis hermanos. Largas llamadas, gritos por teléfono, llantos, recuerdos, acuerdos, esperanzas, risas, planes, hechos.

El 24 de Diciembre por la mañana Remedios abría la puerta. La familia había llegado en 3 camionetas rentadas. Todos en silencio decoramos, Matías mi cuñado metió el árbol, y conectó la luz. Elvira mi cuñada me ayudaba a cocinar el pavo, Carla, picaba la fruta para el ponche, Rita, llenaba las piñatas de jícamas, cacahuates y mandarinas. Mercedes calmaba a los niños, Álvaro ponía los adornos más altos. Joaquín hacía uso de sus dotes como repostero haciendo múltiples pasteles y buñuelos. Después de nuestros silenciosos preparativos, subimos todos juntos a despertar al abuelo.

Esto fue hace mucho tiempo pero de aquellos minutos que duró la noche, todos los recuerdos son buenos. La sonrisa de papá, la sonrisa de Julián, la sonrisa de todos, las risas, los abrazos, los festejos, las sorpresas. Esto se volvió una tradición, y una vez al año, cada año, San Gabriel Arcángel se llena de vida.

03 abril 2010

Tributo a OBE


Antonio:

Es difícil dejar de hablar de ti en presente y empezar a hablar en pasado. Y precisamente es por esto que no voy a hablar de ti como algo que ya pasó, que ya no es vigente y quedó atrás. Voy a hablar de ti, que sigues aquí, en presente.

Hablo en presente y voy, hoy que es sábado a comer a tu casa. Primero organizas una carrera y la ganadora obtiene el apodo de la zaeta rubia. Cómo unas salchichonas de ternera (le doy la mitad a la Kivi) y yakult que nos dio mi abuela. Cuando los grandes acaban de comer, me formo atrás de todos los nietos para llegar hasta ti y abrir la trompina para que me des un chocolatino. Te ríes cuando Sofía llega a ti y tiene un vudu más que la semana pasada. Cuando te das cuenta de que las odaliscas no han lavado los platos sólo gritas ¡Mujeres ¿Qué pasa en Flandes?! Mientras avientas el jabón al lavabo. Todos los nietos nos empapamos con la manguera y patinamos en el nuevo patio que acaban de construir.

Hoy voy a desayunar contigo, nos preparamos un praire river con mermelada de frambuesa y una cantidad generosa de uvas y nos volvemos a servir hasta que esté llena la botija. Después salimos a tu jardín a contestarles los chiflidos a los pájaros y a ver las orquídeas que están floreando. También vemos las jacarandas y las bugambilias que justo ahorita se están dando la tarea de pintar la ciudad de morado, nos haces un acto de Tai Chi imitando la figura de Adriana Lima y ya de regreso nos tomamos un king size y tu además un booze, tu bow more, pero ¡aguas! que no te vea mi mamá.

Hoy nos vamos de viaje con todos los primos, te aseguras de que todos nos divirtamos y que nos traten como reyes, y la verdad es que lo aprovechamos de más. Incluso Santiago te dice que las cuentas que llegan del crucero, no eran sus bebidas, sino de las cenas. Tienes un gran aguante en los rápidos, y en el agua más calmada, haces como que remas cuando voltea Pablo, (que obtuvo hoy un título más, “Pablo Báculo”) pero en cuanto se da la vuelta dejas descansar el remo en tus piernas. Te enojas de que Piti maneja en carretera, admiras la selva de Kohunlich como la has admirado siempre en tus caerías por Campeche, te diviertes de nuestras aventuras con los japoneses en Guatemala mientras te tomas más cervezas Gallo de las que deberías. Ya es de noche, Migue se sale de su cabaña porque roncas como oso y al día siguiente nos dices que nadie se ponga gomina, pero todos cachucha. Hacemos el club cachuchas. Nos prohíbes los ipo-gloss en tu presencia con un ¡Do not, do not! al igual que ya lo habías hecho con los chicles. Estamos emocionados de otro viaje que nos tienes planeado, pero es sorpresa y sólo algunos saben.

Te visito en bici, (el mejor regalo que te han dado) después de que comiste hasta tarde con el compadre Bardobiano y jugamos conquianes, tienes un muy buen juego, pero yo también, aún así sé que no me vas a quebrar mi tercia y me vas a dejar ganar. Mientras, ahí en el comedor estamos viendo tus tarros y me pides que encuentre los dos personajes que están repetidos. Se que uno es Robin Hood, el otro siempre se me olvida. Te digo que tus tres mosqueteros están mal. Tienes a Aramis, Porthos y D´Artangnan, pero te falta Athos. Me repites que los tres mosqueteros son tres y que ni modo, ya no cabe el cuarto, después me dices que al que le encantan los tarros es al maestro sandia. Los admiras y me cuentas la historia de alguno de los personajes, me preguntas por las esposas de Enrique VIII, al escuchar mi respuesta sólo exclamas ¡Pero hombre!

Vamos a los toros y como no te acordaste de que no se pudieron comparar los boletos con el derecho de apartado y estamos una fila atrás, nos tenemos que subir al segundo tendido pero Rocío, El Panal y todos los demás se suben con nosotros porque es más divertido estar contigo. Vemos a Ponce, a Pablo Hermoso y al Juli. Y dices, un poco de broma un poco con verdad, que te encantaría tener un nieto torero. Y en ese momento yo imagino a alguno de mis primos de chico, vestido con un hermoso traje de luces como tú en la foto que tenemos en el comedor de cuando todavía eras un pilino.

Hoy vamos a comer al Don Amador, al llegar, lo primero que estas haciendo (como de costumbre) es decirle al mesero que le baje a la maldita música y lo vuelves a hacer varias veces durante la comida, platicas con cada uno de tus nietos sin que se te escape ningún detalle de lo que te cuentan de sus respectivas vidas. No ha faltado la frase de ¿qué somos tontos? Dirigida hacia alguno de tus hijos. Vemos a Carstens y lo bautizas como Tinin esférico. Todos reímos. Después le dices a Ceci que el pavo de la discordia no es suficiente y que hace falta que el de Diego también este ahí en su cocina. Estas fascinado con la plática de la periquina, pero llegando a tú casa vuelves a ponerle el parche en su foto de bebé para que no se vea el ojo bizco. ¡chintetes!

Quieres ver la tele pero no la puedes prender, le estas marcando al mecatrónico para que te ayude pero te acuerdas que Lucía hizo un manual para que pudieras prender el sky. Ahora le marcas a los sandía para que Isa te platique del Ballet, y en la conversación decides que necesitas aprender a usar Internet, en eso llega la hadita buena, pero Beatriz no ha llegado porque está en sus correrías o en algo que tiene que ver con sus “tendencias proletarias.” Por fin llegamos nosotros con ella, y nos cuentas de las carreras de Gaby, de lo que sabes de Juan Bosco, de la fiesta de Ximena y Andrés, dices que le enseñe mi cuadro del maldito negro a Martha Orozco, nos cuentas el chiste del ratón y el gato, me preguntas qué tal se venden los brownies de Tiz, hablas de “the amazing, the increidible, the unbelivable” THE FACE”, no pierdes la oportunidad de burlarte y maldecir a los Landa y nos señalas la ardilla que rondea tu jardín, pero ya nos tenemos que ir, Irina y yo te hacemos porcinos, dices “El lobo, muy buen amigo” al morfiniano de Agustín y María se está despidiendo de ti con el saludo de torero. Te paras con un ¡Erep, Erep Erepquiux! Y subes a tu cuarto a ponerte tus pantuflas de oso.

Es noche buena, Festejamos todos en la posada con las luces de bengala que nos dio la abuela, Gaby esta rompiendo ese objeto a donde deberían llegar los colibríes a beber pero cuando todos nos salpicamos con vinagre entendemos por qué nunca llegaron. Los nietos casi incendiamos tu casa empezando por la piñata sobre el montón de hojas del jardín empapado ya de gasolina. Nos das tu libro que relata tus cacerías, “Un jaguar en el silencio”, nos recitas Antoñito El camborio y nos comentas que seguro Antonio era bizco por eso de los bucles entre los ojos, a Diego le recalcas que la manera correcta es decir “Antonio ¿quién CARAJOS eres tú?” y nos dices que Eduardo de chico actuaba del ángel marchoso. A las nietas después de un “Tirarinrantantatan Tan Ta Tan”, nos das unos aretes muy bonitos que todas queremos usar pero después del vino, cantar con el gran Frank en karaoke y las fotos, te fugas sin que nos demos cuenta.

Celebramos de sorpresa tus setenta y seis años, a Tiz, como siempre con su suerte, de todos modos le toca regalo. Festejas los globos de parte del club fantino y preguntas por las nuevas peripecias de éste ¿Quién es el nuevo presidente? ¿Cómo van las construcciones del arenero que cada que vamos a tú casa volvemos a empezar? Vemos un video de tu vida, sin duda alguna muy bien vivida y con un poco de tristeza y un poco de melancolía hacemos presente a la abuela que hace un rato ya no esta aquí con nosotros.

En tu cuarto de cacería me preguntas que cuál es el trofeo nuevo, y le dices a mi abuelo Ramiro que los espacios que quedan vacíos son para mi papá y Carlos. Andrés juega con él peluche de ti mismo y tú te quedas admirando tus borregos cimarrones. Nos cuentas de la ocasión en que llevaste a Beatriz de cacería de niña y cómo pensó tu guía que ese niño era más valiente que el pasado. Algún tío recuerda la foto con la serpiente y tú piensas en todos los increíbles momentos que has vivido en el Yukón, Campeche, Sudáfrica, Camerún y en la Sierra del Diablo.

Y sí, seguiré hablando de ti en presente, por que sigues en cada juego de conquian, en cada queso, pan, vino, bow more o chocolate que consumamos, en cada té y café (sin azúcar ni leche como algún día aprendiste de la mujer) que no estén lo suficientemente calientes, sigues con nosotros en cada releída que le demos a “un jaguar en el silencio” que en este momento son muchas; en cada vudu o corbata que nos regalaste, en cada poema de García Lorca, en cada canción de Frank Sinatra, en cada bugambiia, orquídea y jacaranda, en las memorias de tantos viajes y comidas, en cada palabra que inventaste y en muchas cosas más. Sigues aquí aunque ya no te pueda abrazar y no me des más cachetinos, sigues aquí aunque no vea tus old blue eyes, ni escuche tu voz recitando o comentando una noticia del País.

Sigues en el presente
Porque en todos nosotros
Fuiste demasiado trascendente
Para desaparecer de repente.

Te quiero y se que soy muy correspondida

Paulinin…