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03 febrero 2011

Clase

No puedo evitar cabecear. Ya ni siquiera la estoy pelando, qué aburrido. No puedo más, ya qué, tendré que aguantar sus gritos después. Caen mis párpados, caen mis manos con el lápiz, finalmente cae mi cabeza sobre el cuaderno. Poco a poco su voz se escucha más lejana.

Estoy con Jerónima en el zoológico, compramos un tigre bebé y ya de grande paseo con él en Central Park. Visito la India, viajo en el mar ¿Éufrates? dentro de un submarino junto con Jerónima, Enrique VIII, el tigre alado y Sean Penn, al que llamo mi tío. De pronto, nos hundimos como pesas. Claramente es culpa de Enrique, así que lo tiramos y lo ahogamos. Sus gritos son grandes: ¡Paulina!

¡Despiértate Paulina! ¡Ni creas que te puedes dormir en mi clase! Salte y llévate tus dibujitos, vete a dormir a otro lado con tus dragones y tus tigres. ¡Ya quiero ver que ellos no te reprueben! Tomo mis dibujos y salgo. Apenas capto y aún somnolienta me echo a dormir en el pasillo bajo el sol que arrulla.

De nuevo el océano Ganges con sus algas de serpientes y el pulpo morado pegado al submarino. El mar y las cadenas arrastran aún a Enrique VIII, de pronto se transforma, no es el gordo rey, el que se ahoga entre los peces es ahora mi maestra. Mientras gime y grita desesperada que tiene miedo y que me salga de su clase, los tigres y los dragones ríen conmigo eternamente desde el barco.

16 noviembre 2010

Ventana cerrada.

Yo creía que eran sólo siete maravillas pero nunca me hubiera imaginado que había tantas. Ahí está el coloso monumental hecho de papel mache cual alebrije, 30 veces más grande que el de Rodas. La pirámide de cartas de puras copas de la baraja española que se detiene en la punta y es más imponente que la de Giza. Los jardines del paraíso, verdaderos esplendores botánicos que dejan atrás los de Babilonia. Un mausoleo mayor que el de Halicarnaso porque está construido para que todos los vivos disfruten y no para que un muerto descanse. Una estatua que no es de oro ni de Zeus, que es de helados, chocolates y otros postres y además me venera a mí. Un faro parecido al que alguna vez existió en Alejandría, pero no ilumina a barcos zozobrantes sino a las inteligencias apagadas. Un templo no como el de una inventada y olvidada diosa griega, ni como el de un ser sobrenatural, un templo que festeja la risa, que adora lo que necesites que se alabe de tu persona. Puedo ver las estrellas muy cerca y sin quemarme, los gusanos ahí son todos de gomitas, todos huelen a flores y perfumes o en su mínimo defecto a frutas frescas de dulces fragancias.Todo está tan cerca, casi al alcance de mi mano. Gorilas que hablan, montañas rusas en medio del océano pacífico, hadas que masajean mis pies en un spa con vista a las cataratas del Niágara, flores bellas que no me dañan y me llevan a mejores lugares que la marihuana, féretros que no cargan muertos sino manjares: caviar, salmón, patê, pizza, pasta, enchiladas, obleas de colores o lo que se te antoje en el momento. Ahí nadie es tonto, todos saben todo. Todos son ricos y no sólo por el oro. Todo esta tan cerca, del otro lado de esta ventana. Cerrada.

15 abril 2010

El grandioso soñador

El grandioso soñador se encontraba en un triste desierto, rodeado de dunas de arena color ocre que no producían sombra alguna, alumbrado por un sol brillante y desesperante, recostado con los ojos bien cerrados.

Fue entonces cuando el grandioso soñador comenzó su sueño y vio a una sirena enamorando a un marinero con su melodiosa voz, convivió con los duendes que vivían en un pueblo con tejados de amaranto, luchó contra un dragón escarlata, nadó en las cascadas hindúes de aguas doradas y conquistó el amor de la deslumbrante princesa que habitaba en el palacio de marfil.

Después, viajó en un globo que en realidad era una gran bomba de chicle, conoció a las jirafas de cuello corto y los elefantes azules de puntos naranjas, escaló las pirámides de Egipto, asustó a un solitario fantasma verde, quedó atrapado en la panza de una pantera africana y bailó con un hada a la luz de las estrellas que cantaban.

Continuó su sueño, formó parte de una tripulación pirata del mar Caspio, descubrió la fórmula química de la oscuridad, construyó el edificio más imponente y alto jamás creado, apreció la minúscula altura del hombre más chaparro de Micronesia, amaneció en la copa de un ancho árbol tallado de símbolos ancestrales y pintó un atardecer de color verde esmeralda.

Y así, siguió soñando, recorrió el mundo en un ferrocarril de humo rosado, probó los más suculentos manjares confeccionados en su mayoría con chocolate, manejó la nave de un extraterrestre bastante amigable que tenía un solo ojo, se enamoró de la diosa de la música y caminó descalzo sobre la suave nieve del Himalaya.

Más tarde el grandioso soñador escribió una novela trascendental para la historia de la literatura, entendió el objetivo y el fin de la humanidad, besó a una ninfa nocturna de alas plateadas, coleccionó todos los dulces de manzana existentes, los repartió entre sus allegados, entabló amistad con el conejo de la luna y ésta lo arrulló y quedó profundamente dormido.

Fue entonces cuando el grandioso soñador despertó y se encontró a el mismo en un triste y frío desierto entre dunas de arena color gris que no producían calor alguno, alumbrado por egoístas estrellas distantes, deseoso de volver a soñar porque claramente la realidad no vale la pena.

Pequeña aventura

El dragón estiró sus alas amenazadoras y las dobló de nuevo , abrió sus ojos muy lentamente y me miró. Era enorme e imponente, sus escamas eran filosas, de un color verde metálico, de su cabeza a la punta de su cola se dibujaba una línea de picos y cuernos naranjas, debía medir diez o veinte veces lo que yo. Abrió sus fauces y pude observar cientos de dientes afilados y una lengua parecida a la de una víbora. Empecé a temblar, en mis brazos cargaba su gigantesco huevo azul y obviamente, no le gustó.

Ese día por la mañana hice una apuesta con mis amigos y quedamos en llevar un huevo de dragón a la escuela a cambio de no se que cosas y pues yo quería probar mi valor y salir victorioso del reto. Al medio día había visto sobrevolar un dragón en los desfiladeros morados en círculos muy pequeños, lo que sólo podía significar que ahí había huevos.

Así que me encamine hacia los desfiladeros saliendito de la escuela, caminé un largo rato y por fin divisé el enorme nido del dragón, me acerqué sigilosamente, pues vi que el dragón dormía profundamente, y tomé un huevo. Era mucho más pesado de lo que imaginaba y a duras penas podía levantarlo, pero lo logré. Lo malo es que dí un traspié y pisé la cola del dragón, ahí fue cuando se despertó. El caso es que me vio tan asustado (porque la verdad sí estaba) que ni siquiera se molestó en quemarme ni un poquito o morderme un dedo y me engulló de un bocado. ¿Tú cómo llegaste aquí?