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10 marzo 2011

Amigdalitis

Puso sus pies sobre la alfombra gris, se estiró y se levantó esperanzado de su cama, la primera vez en varios días. El consideraba que por fin se había restablecido completamente de esa amigdalitis, a su juicio, su garganta estaba abierta y sana, dispuesta a entonar cualquier nota de tenor como antes podía.

Jerónimo se dispuso a cantar de nuevo, se imaginaba en uno de sus galantes trajes de ópera frente a un público enorme que lo observaba perplejo, maravillándose con cada verso que salía de su boca. En realidad estaba ojeroso, descalzo y en una sucia pijama frente al espejo de su baño.

Levantó el pecho, carraspeó confiado, se miró a los ojos y se dispuso a cantar su pieza predilecta de Tosca. No escuchó nada, el imaginario público esperaba desconcertado. Sorprendido tomó un trago de agua y quiso entonar una simple canción de Ray Charles. Nada. El imaginario público se iba desesperado, los actores y los tramoyistas lo veían perplejos y enojados.

Trató de hablar, de gritar y el miedo hizo que gritara de verdad pero aunque vio en el reflejo su boca abierta y la deformación de su cara, tampoco escuchó ningún sonido. Sin embargo, cuando entendió que nunca más escucharía su voz, oyó el golpe furioso que rompió el espejo del baño frente al cual, una vez se paró el cantante de ópera más prometedor de la década.

02 mayo 2010

Lo que pasa tras la caída del telón


Y cuando se fue el primer actor, el personaje de más importancia, el admirable intérprete, el jovial hombre, el protagonista inigualable de viejos ojos azules; el resto de los actores comenzaron con el trabajo de tramoyistas.

Cuando se va la vida, cuando se termina el guión, cuando lo único que queda por contar son simples recuerdos de una obra terminada, cuando se va nuestro protagonista, el centro de gravedad, es cuando el escenario se tiene que desmontar. Se quita cada cuadro, tapete, y mueble que algún día formó parte de la escenografía de la obra. Los actores secundarios de la magistral función llevan algunas cosillas consigo, recuerdos de la representación terminada, del actor gallardo que fungió un gran papel en todas las obras de las vidas del personal del teatro cuyas historias aún no están terminadas.

Cuando se cerraron los telones todos lloraron, quedó la nostalgia de la historia de una buena vida, la melancolía de ya no tener cerca al gran actor estelar, el profundo anhelo por cada escena irrepetible, la triste misión de quitar cada cosa de importancia y cada tontería del escenario que había sostenido la obra teatral por años.

Y quedó así vacío este escenario. En el teatro quedaron algunas cosas inservibles que ninguno de los que trabajaban tras bambalinas y ninguno de los actores de roles menores quiso. Se pudrirán o se venderán, pero en el escenario no queda ya rastro alguno de aquella gran historia con un gran guión y un gran actor, de la gloria y la majestuosidad, no queda rastro de vida ni de unos ojos de color azul.

Los demás actores comienzan a crear nuevos escenarios con la tramoya y decoraciones que tomaron al desmontar, pero por más que tratan de acomodar los objetos, tienen la profunda seguridad de que jamás se verán como lo hicieron en el escenario primero, en el que cada uno interpretó un papel casual pero siempre influenciado por los viejos ojos azules del protagonista que no será olvidado.