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17 enero 2011

Moon Boom

La colosal explosión fue vista en casi todos los puntos del planeta.

En casi todos los puntos del planeta las personas quedaron sorprendidas, boquiabiertas y pasmadas.

Quedaron sorprendidas, boquiabiertas y pasmadas, la NASA y semejantes, los astrónomos del mundo, aquellos que no lo previeron con tecnología y telescopios, todos.

Con tecnología y telescopios, todos quisieron constatarlo, ella ya no existía.

Ella ya no existía, el satélite natural de la tierra, un meteorito enorme había acabado con ella.

Un meteorito enorme había acabado con ella, la luna querida por tantos.

La luna querida por tantos, amada por los lobos que aullaban pero ya no a ella, necesitada por las mareas ahora desprovistas de fuerza.

Ahora desprovistas de fuerza no estaban las estrellas que brillaban más pero por la noche tanto como ella no alumbraban.

No alumbraban a todas aquellas personas y paisajes aniquilados por los pedazos de meteoro y luna, la ahora llamada materia espacial.

La ahora llamada materia espacial resultó contener una gran cantidad de tóxicos peligrosos.

Gran cantidad de tóxicos peligrosos contaminaron las aguas y acabaron con tantas plantas, animales y personas tristes.

Personas tristes volteaban al cielo esperando que tan sólo fuera un ciclo lunar, que una nube se moviera y estuviera ahí de nuevo la hermosa luna.

De nuevo la hermosa luna fue llorada no sólo por personas, mares, lobos y plantas sino por la Tierra misma.

La Tierra misma que agradecía a la que fuera su eterna amiga el haberla protegido del golpe, de haber muerto por ella, gemía y gritaba, lloraba.

Gemía y gritaba, lloraba, hasta que Júpiter la escuchó y le lanzo de regalo a uno de sus múltiples satélites, Calisto.

Calisto llegó y ahí donde estaba la previa luna, se quedó.

Donde estaba la previa luna se quedó la nueva, pero pronto a su gran planeta regresó.

A su gran planeta regresó porque allá en la Tierra no la querían, no era la original y no servía, era comparada, no encajaba en los zapatos, no les satisfacía, mejor que se fuera y sólo regresara el tiempo.

Sólo regresara el tiempo, el tiempo y la vieja luna que desapareció en la colosal explosión.


06 enero 2011

Entre luces de faroles

Las minúsculas luces de los faroles iluminaban su fatigada silueta. Era un adulto lo suficientemente atractivo, maduro y cansado, caminaba sin ganas a enfrentarse a ella, aprensiva, dependiente y demasiado melosa. Lo único que motivaba sus lentos pasos era la seguramente sabrosa cena y el calor de la chimenea que ella siempre mantenía encendida.

Sobre su oscuro pelo caía la nieve y sus pies dejaban un rastro de penosas huellas a cada paso que daba, su nariz estaba ligeramente roja al igual que sus orejas pero tenía un grueso abrigo azul marino y una cálida bufanda que lo protegían del frío que atacaba su cara como un millar de pequeñísimos cuchillos. Al llegar a la entrada de su vieja casa J se esperó unos segundos, limpió sus botas en el tapete roído y se quitó el guante de la mano derecha para poder abrir la puerta, finalmente dio un profundo suspiro y entró. Dentro había un fuego hogareño que iluminó sus ojeras y sus arrugas de hombre de cuarenta y tantos años. Ella lo recibió con los brazos extendidos y le entregó una taza de café caliente mientras besaba amorosamente su mejilla, le quitó suavemente su abrigo y después de colgarlo, le extendió la mano, que él no tomó, para que la siguiera.

Minutos después, sentada en un sillón, ella observaba como hipnotizada el fuego mientras acariciaba el oscuro pelo de J que dormitaba sobre su regazo. Lo volteo a ver y recorrió con sus cansados ojos y su dedo índice a su querido J, el lóbulo de su oreja, sus cejas gruesas y canas, su barba sin rasurar, sus pestañas largas y delicadas, sus labios partidos que ese día habían besado a otra mujer. Lo veía con melancolía recordando los días de hace tanto, juntos en la playa cuando él la amaba y con ternura la idealizaba. Un rato después ella también sucumbió ante el sueño recostada sobre la espalda de J, abrazándolo como si no quisiera dejarlo ir.

La despertó J con calma –Despierta, ve a la cama que ya es tarde.
- Te dormiste pronto, ni siquiera te acabaste tu café –dijo ella somnolienta.
-Lo sé.
-¿Tuviste un día pesado?
-Un poco, sí, eso creo… -dijo J sobándose el pelo nervioso.
-¿Quieres cenar? Prepare tus platos favoritos, crema de elote y pollo a la pimienta con salsa de limón.
-Gracias, ya comí un poco ahorita.
-¿Te gustó? –Él no respondió -¿Qué hora es? –preguntó ella estirándose y sacudiendo su falda, él miro su reloj. –Hora de que duermas.
-Amor, tengo todo el día para dormir, platícame de ti, del trabajo, ¿cómo van las ventas de la maquinaría esa para los congeladores?
-Ya lo sabes todo, es tedioso, ¿Por qué preguntas?
-Pues es bueno escucharte, siento que cada día te conozco menos, y ya no pasamos tiempo juntos.
-Estoy ocupado, lo sabes –dijo J, seco como el desierto. Ella parecía triste. –Cada vez te siento más distante…
-Eso no es verdad. Voy por agua, ¿quieres?

La cocina estaba bastante más fría que el cuarto adyacente. En la estufa había un pollo frío sobre el sartén y una olla con una sopa clara. Parecía que ninguno de los dos había sido probado aún. Y junto a la pared, una mesa puesta, muy arreglada, para dos personas como si fuera un día especial, con unas velas consumidas en el centro. Mientras él se quitaba su guante izquierdo que aún tenía puesto, lo guardaba en su bolsillo trasero y se servía un vaso de agua, ella empezó a lavar los platos casi limpios que él había dejado en el lavabo.

J la volteó a ver bruscamente - ¿Qué tú no vas a cenar?
- No tengo hambre, sólo cocine para ti.
- Anda, cena algo y vete a dormir.
- No tengo hambre, tampoco sueño.
-Bueno, como quieras, creo que yo ya me voy de todas maneras.
- Pero acabas de llegar… ¿ves cómo me dejas sola?
-Tengo que irme.
-Ella apagó el agua y lentamente dijo, con un tartamudeo casi imperceptible -Sé que tienes muchas mujeres y te importan más que yo, entiendo pero seme honesto ¿Vas con una de ellas?
-No hay otras mujeres, sólo está mi esposa que quiero mucho –Paso su mano cálida sobre el frágil hombro de ella -¿entiendes?
-y qué me dices de la güerita esa del otro día, tonta no soy.
-No digas nada sobre ella.
-¡La trajiste aquí!
-Por favor, no la menciones. –Dijo J tajante como queriendo acabar pronto con la conversación.
-No me hagas encubrir tus secretos.
-No pasó nada, ¿podemos cambiar el tema?
-Me mientes, me evades, me dejas sola todo el día, a mí que soy la única mujer que realmente te ha querido. –Casi gritó ella en un tono orgulloso y lleno de reproche.
-No exageres, por favor, no necesito esto.
-No lo hago, de verdad te quiero – dijo ella en un tono más suave.
- Y yo a ti, -Trato de abrazarla pero ella lo apartó.
-Te sientes obligado, hace mucho que ya no sientes eso por mí.
-Te quiero de verdad, por eso estoy aquí
-Yo también te quiero. -Dijo dejándose estrechar entre los brazos de J. -No te vayas
-Tengo que irme.
-Lo sé…

La luna había salido, junto con las luces de las casas y los faroles de la calle, ésta iluminaba la reluciente alfombra de nieve que había caído. Ya no se veían sus huellas. Al abrir la puerta los dos se estremecieron por el frío. J se puso de nuevo sus guantes y su abrigo, ella alcanzó un gorrito y se lo puso, le dio un beso en la mejilla y él sonrió. Se dieron un largo abrazo.
-Te quiero hijo -Dijo ella
-Yo a ti mamá
-Saludos a tu mujer y a mis nietos… pórtate bien
-El rió –Lo haré.

Cuando él se había alejado lo suficiente caminando hasta su casa ella cerró la puerta y recargada en ella se secó unas lágrimas con el costado de su mano. La realidad es que hace mucho que el ya no era sólo para ella. Ya no era de ella. Subió las crujientes escaleras de madera, haciendo un breve alto a la mitad para fijarse en la fotografía de la playa mexicana. Su pequeño J. Ya en el segundo piso entró a su cuarto, deshizo su chongo blanco del que se desprendieron largos y delgados cabellos, se miró al espejo, él tenía sus ojos, pero no estaban enmarcados por tantas arrugas. Sentada en su cama miro por la ventana y se durmió pensando en las minúsculas luces de los faroles, en la fatigada silueta de J caminando entre ellas.

22 septiembre 2010

Chente

Curiosas las cosas que haces a veces, cosas fuera de la realidad de los demás que impactan sólo un poco en tu vida, en expresiones pictóricas que nunca tendrán trascendencia. Mírate a ti mismo Chente, estás aquí sentado, comiendo tu mallugada manzana, pretendiendo que me escuchas y que es importante lo que digo, recargado en la vieja mesa de oscuro roble con las manos todas sucias, manchadas de azul, masticas, tragas y vuelves a morder la manzana, me ves, con la mirada perdida porque tú en realidad sólo estas pensando en esa noche, todavía.

Era uno de esos momentos en que te hallabas intranquilo, por la mañana tenías miedo y me gritaste histérico, después, sin que te pudiéramos alcanzar, te fuiste quién sabe a dónde por un camino peligroso, tú muy alterado. Caminaste varias millas descalzo, eso lo sé ahora, cargando tu caja de pinturitas que te compré hace tiempo, hasta que viste a una mujer, fuera quién fuera ella, te asustó más y entonces, sin que te viera ella, lloraste, aventaste tu cajita que se abrió dejando rodar tus materiales, corriste colina arriba y te tiraste a la negra tierra, aplastando la poca hierba que existía, te revolcaste gimiendo, gruñendo, gritando, enojado sin razón alguna. Esto probablamente duró varias horas, especialmente porque yo había perdido tu rastro y no estaba ahí para tranquilizarte.

Siempre fui yo el único que te pudo calmar en tus ataques nerviosos, no pudo mamá con sus delicadas y frías manos ni nuestro padre con su áspera mirada enmarcada por las gruesas cejas que heredaste, ni otros hermanos, ni los doctores, sólo yo. Lástima que ese don que tengo haya causado que dependieras de mí toda la vida, sin ofender.

Quisiste manchar algo con tus pinturas, plasmar tu locura y tu furia pero claro que no pudiste porque estaba oscureciendo y tus pinturas se escondían desesperadas bajo el polvo, volviste a gritar, a gemir, a llorar, encerrado en ti mismo, deprimido, hasta que no pudiste más y te venció el cansancio. Exhausto te dormiste para despegarte de tu triste panorama por un rato. Cuando despertaste estabas más calmado aunque sentías la garganta seca, los pies ampollados y los ojos hinchados y entonces, de repente, te alegraron las lucecitas del pueblo, te tranquilizó la luna, te abrigó la sombra del ciprés y las estrellas te sacaron una mueca con ganas de ser sonrisa, igualita a la que traes ahorita, pensando en esa noche intrascendente, todavía.

18 mayo 2010

Luna


La afinidad por la luna llena caracterizaba a Joaquín Rivera. Cada ciclo lunar, esperaba a que nuestro satélite natural se hallara rebosante y entonces, dejaba de lado otro de sus trabajos, todos sus problemas y cualquier estímulo que lo privara de la blanca luna en esos días. Cuando en el cielo se iba a dibujar una luna llena, Joaquín subía las escaleras hasta llegar a la azotea del edificio en el que vivía, extendía su sleeping bag y se acostaba sobre éste con un thermo lleno de café en la mano y los ojos bien pendientes a la esfera inmensa que estaba a punto de salir entre los demás edificios.

Pasaba toda la noche despierto, observando a su amor, excitado, delirante, sonriente, emocionado y plenamente feliz; hasta que la luna se escondiera, tarde o temprano. Entonces esperaba a que de nuevo se cumpliera el ciclo y la luna escondiera de nuevo a la Tierra su mitad oscura.

La luna llena era su pasión juvenil, su ilusión más grande y en muchas ocasiones, ese día en que la luna se convertía en un perfecto círculo se presentaba como su único motivo para seguir viviendo. Nunca una mujer pudo ganarle terreno a la luna en el corazón de Joaquín, ningún placer terrenal pudo apartarlo de la azotea en la culminación de su espera de 29 o 30 días, los amigos nunca le fueron lo suficientemente confortantes, la familia suficientemente importante ni el trabajo suficientemente necesario, pero la luna llena, la luna llena sí.

15 abril 2010

El grandioso soñador

El grandioso soñador se encontraba en un triste desierto, rodeado de dunas de arena color ocre que no producían sombra alguna, alumbrado por un sol brillante y desesperante, recostado con los ojos bien cerrados.

Fue entonces cuando el grandioso soñador comenzó su sueño y vio a una sirena enamorando a un marinero con su melodiosa voz, convivió con los duendes que vivían en un pueblo con tejados de amaranto, luchó contra un dragón escarlata, nadó en las cascadas hindúes de aguas doradas y conquistó el amor de la deslumbrante princesa que habitaba en el palacio de marfil.

Después, viajó en un globo que en realidad era una gran bomba de chicle, conoció a las jirafas de cuello corto y los elefantes azules de puntos naranjas, escaló las pirámides de Egipto, asustó a un solitario fantasma verde, quedó atrapado en la panza de una pantera africana y bailó con un hada a la luz de las estrellas que cantaban.

Continuó su sueño, formó parte de una tripulación pirata del mar Caspio, descubrió la fórmula química de la oscuridad, construyó el edificio más imponente y alto jamás creado, apreció la minúscula altura del hombre más chaparro de Micronesia, amaneció en la copa de un ancho árbol tallado de símbolos ancestrales y pintó un atardecer de color verde esmeralda.

Y así, siguió soñando, recorrió el mundo en un ferrocarril de humo rosado, probó los más suculentos manjares confeccionados en su mayoría con chocolate, manejó la nave de un extraterrestre bastante amigable que tenía un solo ojo, se enamoró de la diosa de la música y caminó descalzo sobre la suave nieve del Himalaya.

Más tarde el grandioso soñador escribió una novela trascendental para la historia de la literatura, entendió el objetivo y el fin de la humanidad, besó a una ninfa nocturna de alas plateadas, coleccionó todos los dulces de manzana existentes, los repartió entre sus allegados, entabló amistad con el conejo de la luna y ésta lo arrulló y quedó profundamente dormido.

Fue entonces cuando el grandioso soñador despertó y se encontró a el mismo en un triste y frío desierto entre dunas de arena color gris que no producían calor alguno, alumbrado por egoístas estrellas distantes, deseoso de volver a soñar porque claramente la realidad no vale la pena.

12 abril 2010

Negro


Todo está oscuro. No se alcanzan a distinguir ni siquiera algunas sombras escondidas. El negro es eterno e infinito, profundo y amplio. Ansías un rayo de luz, aunque sea pequeño, que dibuje un objeto, el mueble frente a ti, el contorno de tu mano; pero el sol esta apagado y la luna y las estrellas y los focos y las velas. No hay luz, por lo tanto no hay imágenes. La oscuridad reina en el recinto y nada se rebela contra ella.

Sabes que las cosas existen porque las sientes, las escuchas, las tocas, las describes, algunas las hueles y con otras te tropiezas. Pero no lo puedes comprobar, y te sientes incrédulo. La mayoría de los sentidos te seducen para creer algo, pero tú, tú necesitas ver para creer. Pero todo está oscuro, todo se tiñe del más puro negro, como si alguien hubiera tomado una gruesa brocha y hubiera pintado todo en la habitación de un negro opaco, pero no puede ser, sabes que todo es más oscuro que cualquier pigmento porque hasta las penosas sombras han desaparecido. Todo lo que ves es oscuro, todo lo que ves es lúgubre y triste, todo lo que ves es nada, porque hace ya años que te has quedado ciego y todo lo que ves es sólo negro.